lunes, 27 de abril de 2015

La solución que se descartó








Tengo la receta para que el mundo sea perfecto. Es muy sencilla en la teoría, aunque igual no es tan sencilla llevarla a la práctica. No habría corrupción política, ni neo-colonialismo, ni abusos de poder, ni esa lacra de la industria de género. Muchos se preguntarán qué mosca le ha picado a este iluminado, que dice haber descubierto la panacea de este mundo viejo y achacoso y, si es cierto, que hace escribiendo en un blog pudiendo estar en la Casa Blanca. No hace falta haber obtenido un doctorado en economía, en realidad. De hecho, ni siquiera hace falta ser muy listo para dar con la solución. Hace falta, simplemente, tener una buena capacidad analítica. ¿Cuál es el origen de la Ley Integral de Violencia de Género? El dinero, por supuesto. Subvenciones, pensiones, puestos de trabajo en juzgados especializados, ministerios de igualdad, etc. Pero el dinero no es sólo el origen de los problemas relacionados con la LIVG, sino de todos los males que nos lastra.
Del mismo modo que para Tomás de Aquino, Dios es el principio de todo, el dinero hace tiempo que está detrás de “Dios”. Sobrevuela el Vaticano, compra la lujosa estancia de “retiro espiritual” de 300 m2 del monseñor Rouco Varela e, incluso, se acumula en cuentas suizas de las Hermanas de San José de Gerona, según la lista Falciani. El dinero es Dios. La única deidad a la que rezan cristianos, y musulmanes. Creyentes y ateos. Hombres y mujeres. Todos pecan de idólatras. El dinero salva vidas y las arruina. Compra amigos, y amores, y votos. La señora Merkel cambió nuestra Constitución con una simple llamada de teléfono a nuestro presidente Rajoy sólo porque tiene dinero. Si tienes dinero eres más guapo, más divertido, un triunfador. Si el pobre es friki, el rico es excéntrico. Si el pobre es feo, el rico es interesante. El dinero infla egos, corrompe conciencias, silencia verdades.
¿La solución podría ser la abolición del dinero? En realidad no. Volveríamos a la economía de trueque, por lo que el que tuviese más gallinas, o más especias, o más alhajas, sería rico. Y el rico haría las leyes, y tendría privilegios, y la cosa seguiría igual o peor. ¿El comunismo puede ser la clave? En la teoría sí, pero todos sabemos que llevado a la práctica es aún peor. El comunismo abole las clases sociales, pero quienes administran el dinero y las propiedades terminan constituyendo una casta de privilegiados. ¿Alguien se imagina a Maduro sin papel higiénico? ¿O a Castro prescindir de la cena?
La solución no es tan drástica. El mundo sería perfecto si, los que gobiernan, no pudieran cobrar más que una cantidad razonable de dinero. Un especie de salario máximo. Imaginad que los diputados no cobraran los ochenta mil euros que se embolsan al año. Imaginad que no hay dietas, ni complementos. Imaginad que al acabar su carrera política no pudieran acabar en el consejo de administración de Endesa, o Iberdrola, o Gas Natural. En definitiva; imaginad que ser político no fuera sinónimo de promoción laboral, ni de enriquecimiento.
¿De verdad creéis que los buitres estarían interesados en un trabajo en el que no van a hacerse de oro? ¿Cuánto tiempo tardaría esa pandilla de sanguijuelas con corbata en abandonar ese trabajo al que se dedicaron por una “altruista” vocación de servicio público? ¿Cuánto tardaría esos puestos vacantes en ser ocupados por personas que no buscan el enriquecimiento personal, básicamente porque saben que no van a enriquecerse dedicando sus vidas a los demás? Gente honrada, que redactarían leyes honestas. Leyes que no amnistiaran a los que se ríen de eso de “Hacienda somos todos”. Que no alargarían los procesos judiciales de los corruptos en un sinfín de aplazamientos y apelaciones. ¿Alguien cree que el honorabilísimo Puyol vivirá para ver la sentencia del juez? Y, por supuesto, no habría leyes absurdas como la LIVG, de la que se alimentan cientos de parásitos que ya han descartado la idea de trabajar para llenar la nevera.
Como veis, una medida simple y sencilla en la teoría, aunque no tanto en la práctica porque, ¿quién es el que les convence de que se bajen el sueldo?



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