miércoles, 1 de abril de 2015

Unidas por el odio



¿Son grupos unidos por el amor hacia la mujer o por el odio hacia el hombre? No existe ningún elemento de cohesión más fuerte para un grupo radicalizado que el sentimiento de tener un enemigo en común. El judío lo es para los nazis, el inmigrante para los grupos de ultraderecha, el infiel para los yihadistas… Se puede decir, por tanto, que el feminazismo es un grupo unido por el odio. El odio, paradójicamente, comparte muchas similitudes con su sentimiento antagónico, el amor. Ambos precisan ser alimentados para su correcto “funcionamiento”. ¿Cómo se alimenta el odio? Básicamente tiene dos sustentos: la deformación y el victimismo.

La deformación: El enemigo debe estar siempre presente, sus acciones analizadas con lupa, deformadas y exageradas caricaturescamente. Si le preguntásemos a una de estas feministas radicales cómo ve al hombre, le retratará como al villano de una película mala de serie B. Una grotesca deformación de una realidad mucho más compleja, donde hay hombres de todo tipo, y no una figura ridículamente estereotipada. Cuando hablan del omnipresente “patriarcado” me pregunto que pensarán de mí (soy hombre). ¿Se preguntarán si pertenezco a una sociedad secreta machista cuyo propósito vital es subyugar al género femenino? ¿Pensarán que nos reunimos clandestinamente, para intrigar sobre nuevas formas de control sexual? ¿Creerán que, junto a mi DNI y mi carné de puntos del Carrefour, guardo un carné de pertenencia al Patriarcado? ¿Una especie de “Socio número 50.371 de la logia masónica de la misoginia?

Aunque a muchas mujeres le cueste creerlo, no tengo ningún carné del Patriarcado. No me levanto cada mañana preguntándome cómo puedo joder a la mujer. No me organizo con otros crueles y perversos hombres para impedir que la mujer pueda acceder a una formación profesional, o promocionar en la empresa en la que trabaje. Aunque os suene raro, no descorcho una botella de champagne cuando muere una mujer a manos de su marido, ni maldigo al destino cuando veo salir en la tele a una mujer que recoge un nobel de física.

El victimismo: También es importante para mantener ese odio imprescindible como elemento cohesionador del grupo. De hecho, el victimismo es una consecuencia necesaria de la deformación. Cuando el enemigo es malo malísimo, los otros deben ser víctimas de su malicia. Vender la idea de que la mujer es víctima por el mismo hecho de nacer (por supuesto, España es un país tan cruel y misógino) es muy útil, ya que refuerza la idea de que el enemigo es un ser despiadado, de modo que ambas cosas se retroalimentan.

¿No es, precisamente, un concepto machista el ver a la mujer como una víctima? ¿Cómo un ser indefenso, que precisa constantemente de protección? ¿Un género incapaz de hacer frente a las dificultades sin leyes que la discriminen positivamente? ¿Una “cascarilla” de la vida?
Ana Bella Estévez, una mujer que sufrió malos tratos, afirma: Yo no soy víctima, soy superviviente. ¿No resulta paradójico que aquellas que de verdad han sufrido violencia de género se sientan incómodas con la etiqueta de “víctimas” mientras otras se la adjudican y la repiten como un mantra? ¿No resulta incomprensible que la mayoría de las feministas radicales sean mujeres jóvenes que, a diferencia de nuestras madres y abuelas, no han vivido en los tiempos en los que el crimen pasional era una forma de asesinato con eximente, en los que una mujer con el ojo morado no podía denunciar a su marido porque la policía no se metía en “cosas de pareja”, en los que una mujer no podía ser violada por su marido porque el concepto violación en un matrimonio era impensable…? En definitiva, ¿no es curioso que esas radicales hayan nacido, en gran parte, más allá de 1975 y no hayan sufrido la verdadera desigualdad?
En futuros posts hablaré de manera más concreta cómo alimentan la industria del odio y, sobre todo, los beneficios económicos que eso les reporta…

¡Saludos!



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