miércoles, 27 de mayo de 2015

El calzonazos




En uno de esos absurdos programas de tele-realidad se ofrecía como premio una magnifica vivienda. Eran los primeros años del segundo milenio y la burbuja inmobiliaria aún no había estallado (pero estaba tan cebada con especulaciones, contratos de dudosa legalidad, recalificaciones de terrenos y otras corrupciones urbanísticas que no quedaba mucho). Los precios de la vivienda eran tan elevados que lo que nuestra Constitución calificaba de derecho se había convertido en el privilegio de unos pocos afortunados. Así que el reclamo de tener una gran vivienda y, por supuesto, pagada, atrajo a muchos participantes.

Concursaban en parejas, ya fueran sentimentales, de amigos, etc. Sin duda, una de las parejas de concursantes que más llamaba la atención por su singularidad y atractivo mediático la componía Mónica (alias la Virgen) y David. La manera en que Mónica controlaba y menoscababa la integridad de su compañero sentimental y de reallity habría hecho saltar las alarmas de no ser por el pequeño detalle de que quien ejercía aquella actitud dictatorial y vejatoria tenía los mismos cromosomas. Mónica decidía cuando David podía hablar y cuando debía callarse. Su opinión no sólo no era tenida en cuenta sino que era despreciada por ella. Los insultos eran frecuentes, y siempre unidireccionales. Las humillaciones eran constante y delante del resto de sus compañeros (por no mencionar las cámaras que registraban aquellas vejaciones para los tres o cuatro millones de espectadores de aquel concurso) y le recordaba quién era la mente pensante de los dos, y quien debía limitarse a callar y obedecer sin cuestionar. ¿Así es como te he educado? ¿No has aprendido nada de lo que he dicho? ¿Voy a tener que adiestrarte mejor? Y el tipo hundía la cabeza entre sus hombros encajando la humillación, aderezada con las miradas (mezcla de compasión y burla) de sus compañeros.

Para ejercer ese férreo control, la Virgen no desaprovechaba ninguna ocasión para recordarle cómo era la vida de David antes de conocerla a ella. No tenías amigos, estabas sólo, no eras nadie, amenazando con dejarle para que volviera a aquella situación. Repetía aquel mantra una y otra vez, no sólo en el calor de las discusiones, sino en conversaciones cotidianas, hasta que aquellas palabras, como un martillo neumático, horadaban un agujero en su autoestima. Él mismo, en conversaciones con sus compañeros, repetía como un autómata no era nadie, estaba sólo hasta que la conocí a ella.

Lo peor (si cabe) fue la reacción que esta situación provocaba en los demás. David no era víctima de una posible situación de malos tratos psicológicos, sino un calzonazos, apocado, medio-hombre. Un tipo timorato y cobarde, incapaz de “poner en su sitio” a su mujer. La ausencia de empatía hacia la víctima (cuando tiene los cromosomas XY) se evidenciaba con las burlas que compañeros, sanguinarios tertulianos y espectadores dirigían hacia aquel patético infeliz. Sin duda, el síntoma de una insensibilización hacia una realidad terrible, que es el maltrato de la mujer al hombre. La diferencia es demoledora; si la situación hubiese sido a la inversa, Mónica nos habría suscitado compasión, y David nuestro más profundo desprecio.

La figura del calzonazos es muy común. Todos conocemos a alguno. Todos tenemos un amigo al que se le puede adjudicar ese horrible adjetivo. Piensen que, muy probablemente, nuestro amigo calzonazos no sea otra cosa que una víctima de la manipulación y el control de su pareja. Una víctima de malos tratos.


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