jueves, 21 de mayo de 2015

Mensaje para los que contraerán nupcias







Cuando quieras casarte con esa persona a la que hoy consideras el hombre o la mujer de tu vida recuerda que tienes un cincuenta por ciento de probabilidades de que no envejezcáis juntos, agarrados de vuestras marchitas manos mientras veis Saber y Ganar (que no me cabe duda que seguirá emitiéndose por los siglos de los siglos). Existe aproximadamente un cincuenta por ciento de probabilidades de que ese “día más feliz de vuestra vida” acabe en la fría sala de un juzgado, cada uno con un leguleyo a vuestro lado cual diablo tentador, firmando los papeles del divorcio. Un cincuenta por ciento es una posibilidad muy alta. La mitad, aclaro, por si algún despistadillo no se ha dado cuenta.

Cuando mires a los ojos a esa persona a la que idolatras intenta sacudirte por un instante los efectos psicotrópicos que produce el amor y piensa en ese cincuenta por ciento. Por supuesto, el amor tiene esa capacidad enceguecedora que nubla la percepción y el razonamiento lógico. Probablemente pienses que vosotros no seréis ese cincuenta por ciento que terminan peleándose hasta por la escobilla del váter. No, por supuesto, vosotros os amáis demasiado como para haceros daño. Lo vuestro es sólido, inquebrantable, imperecedero. Permitidme deciros de nuevo que, digáis lo que digáis y sintáis lo que sintáis, tenéis un cincuenta por ciento de posibilidades de acabar sentado frente a una demanda de divorcio, chutándoos una sobredosis de helado y viendo una maratón de películas de Meg Ryan. Es así, os guste o no, y creedme, no hay nada más feo que el amor cuando se acaba.

El cincuenta por ciento de los que se casan se divorcian, y tienes las mismas posibilidades de que te suceda que a cualquier otro. Así que piensa, por si acaso, en cómo crees que actuarás si llega el momento. Aquí es donde se demuestra tu madurez, tu generosidad, y si el cariño que le tuviste a esa persona fue realmente sincero. Si los te quiero que le dices ahora sirven de verdad de algo. Si tienen algún sentido. Pregúntate si tus hijos tienen que ser víctimas colaterales de esta guerra. Si le haces bien secuestrándole sin pedir rescate, lobotomizarle su masa cerebral en formación enseñándole a odiar. Define qué es tu hijo. Si una propiedad que te pertenece por eso de que salió de ti (recuerda que para que saliera de ti alguien debió introducir algo antes) o es un ser humano con derechos propios. Si es un arma que utilizar en tu guerra o un ser al que tienes la responsabilidad de proteger. Si es un cheque mensual o un niño que también necesita nutrirse del cariño de su otra familia.

O si es, simplemente, celos. Los amores tóxicos no sólo se dan en las relaciones sentimentales. En esas de adolescentes con los ojos amoratados de tanto llorar que salen en los anuncios recaudatorios. Los amores tóxicos también se dan en las relaciones materno-filiales. Madres celosas, acaparadoras, incapaces de separarse de sus hijos no ya porque lo vean como un cheque u odien a su expareja, sino por pura y obsesiva posesión. Preguntaos, antes de dar el sí, quiero si estáis preparados para un divorcio maduro y responsable, porque, si no es así, tampoco estáis preparados para quereros ahora.



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