domingo, 17 de mayo de 2015

Mujeres, hombres y viceversa







No es una guerra de géneros. Así es como pretenden venderlo quienes siguen y quieren seguir viviendo del botín, simplificando una complicada ecuación a una absurda y muy manida guerra de hombres contra mujeres. De hecho, en el lado desde el que se profana derechos universales y se viola sagrados conceptos del derecho, los hombres son prolíficos y ocupan posiciones de poder. No olvidemos que fue un hombre quien redactó la Ley Integral de Violencia de Género (Juan López Aguilar), que pertenecía a una administración que presidía otro hombre (José Luis Rodríguez Zapatero), y que cuenta entre sus más fanáticos defensores a integristas como Miguel Lorente. No os lleven a engaños. El feminismo radical es cosa de mujeres y Tíos Tom.
¿Qué son los Tíos Tom? En tiempos de la esclavitud, en Estados Unidos, los negros que trabajaban sin descanso en las plantaciones de algodón, bajo el batiente sol de Alabama o Georgia, odiaban (con toda razón) a los brutales capataces que les destrozaban la espalda a latigazos ante cualquier mínima señal de relajación en la disciplina. Sin embargo, había un tipo de persona a la que los esclavos reservaban su más profundo odio y desprecio, por encima de aquellos sanguinarios capataces y los negreros que los mercantilizaban como propiedades, y eran otros esclavos negros a los que, muchos años después, se les llamó Tíos Tom (por el personaje de una novela del siglo XIX). Eran estos unos seres de la peor calaña, que se habían ganado una posición privilegiada entre los dueños de las plantaciones, a costa de ser casi más crueles que los propios capataces. Eran útiles para mantener el control sobre unos esclavos que, a menudo, superaban en número a los capataces y señores de las plantaciones, con el subsiguiente peligro de que se rebelaran. El desleal y despreciable Tío Tom, con la experiencia de haber sido esclavos recolectores de algodón en el pasado, sabían cómo vigilar a los nuevos esclavos. Conocían sus trucos y entendían su manera de pensar, y tenía convenientemente informado a su amo o a los capataces ante cualquier mínima señal de subversión, con las consiguientes y brutales consecuencias. Chivatos, desleales, eran recompensados con un trato “digno”. Solían realizar trabajos domésticos mucho más suaves que el duro trabajo en las plantaciones y tenían privilegiados descansos y comidas. Se convertían en mascotas de los dueños de las plantaciones, vida mucho más fácil que la de aquellos desdichados que recolectaban algodón bajo el sol y el látigo.
En el feminismo radical hay muchos de esos Tíos Tom. Miguel Lorente es un buen ejemplo de Tío Tom. Sin embargo, estos que nos ocupan ahora son mucho peor aún. Los Tíos Tom de las plantaciones de Georgia habían sufrido en sus carnes el lacerante dolor del látigo y sus manos conservaban la dureza de otros tiempos en los que habían recolectado algodón desde la mañana hasta la noche. Tenían, al menos, un motivo para hacer lo que hacían. Estaban cansados de sufrir. Los Tíos Tom de la actualidad no tienen esa justificación, lo que hace que sean seres de mucha peor calaña.
Que no os engañen. No es una guerra de géneros. La realidad es que en nuestro lado también hay muchas mujeres. Diría que la mitad de nosotros lo son. Por ejemplo, el presidente de la asociación GenMad no es presidente sino presidenta. Los del otro lado dirán que son mujeres alienadas, traidoras a la causa feminista, sumisas del patriarcado que las oprime. Precisamente es lo que no son. No están alienadas por el dogma feminista, que no deja espacio al pensamiento crítico y al cuestionamiento de sus normas. Sumisas son aquellas que balan como ovejas bajo la atenta mirada del femilisto o femilista de turno, que se llena la cartera al son de sus reivindicaciones de otros tiempos. Son madres, hermanas e hijas de hombres denunciados y condenados sin pruebas, en un juicio donde ya eran culpable antes de entrar, y donde jueces y fiscales se limitaron a interpretar una obra de Shakespeare. Son mujeres que dejan el victimismo a un lado, y quieren que las valoren de acuerdo a sus méritos, y no a sus cromosomas. Son madres ejemplares que olvidaron o perdonaron, o al menos entendieron que sus hijos no eran culpables de lo que sus maridos hicieron, y otorgaron la custodia compartida. Son mujeres que decidieron vivir del esfuerzo propio, y no parásitas del cheque mensual. Son mujeres que quieren acabar con privilegios que ellas mismas poseen por ser mujeres. Son mujeres que luchan por una causa por la que, realmente, no tiene por qué luchar, pues no son sus intereses los que defienden, sino los de aquellos hombres a los que quieren. Ahora comparen las mujeres de nuestro lado con las mujeres del otro lado, y echémonos unas risas.




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1 comentario:

  1. Ojalá Miguel Lorente un día vea que cada comentario que busca like o follower hace muchisimo daño, sobretodo porque esas palabritas no las lee únicamente mujeres hechas y derechas que pueden opinar, sino también niñas. Niñas que acaban adoctrinadas y eso es lamentable. Pero oye, mientras el señor tenga sus eurillos felices en el bolsillo seguirá jugando a la demagogia escribiendo artículos lleno de palabrereria charlatana en donde solo se repite un elemento aparentemente como denominador común del mal: el hombre.

    Lamentable que un hombre que debe de tener ya sus cuarenta y tantos años escriba como un púber que odia al mundo.

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