martes, 19 de mayo de 2015

Soy negrista







Muchas personas se han dirigido a mí para corregirme en el empleo de la palabra feminista con connotaciones peyorativas, señalando que existe una gran diferencia entre feminismo y feminismo radical o hembrismo. Hoy quiero detenerme para explicar en profundidad por qué suelo emplear la palabra feminismo y hembrismo sin hacer muchas distinciones entre ellas. Como si fueran sinónimos. No lo tomen a mal, no es una réplica airada pues siento un profundo respeto por todas aquellas personas que he mencionado, sino una explicación de mis consideraciones semánticas al respecto.
No, no es una torpeza por mi parte. Cuando hablo del feminismo sin desmarcarlo del feminismo radical o hembrismo lo hago de manera intencionada. Suelo elegir cuidadosamente las palabras que utilizo, y más cuando no pretendo ofender a gente a la que respeto, y porque entiendo que, cuanto más sensible es un tema, más precisos han de ser los términos que se emplean, así que no es un error por mi parte. Cuando hablo de feminismo y hembrismo como sinónimos lo hago adrede. ¿Por qué?
Puedo responder a esa pregunta con otra pregunta, ¿existen realmente diferencias entre feminismo y feminismo radical en este país? El feminismo institucionalizado (el de la política, el de Bibiana Aído y sus miembros y miembras, el del inútil Ministerio de la Igualdad, con sus anuncios recaudatorios, el de las asociaciones subvencionadas…), está corrompido hasta la médula por el feminismo victimista, oportunista, segregacionista, revanchista e interesado. Lo dirigen personas como Juan López Aguilar, Pedro Sánchez, Beatriz Gimeno, Miguel Lorente… No, en el feminismo institucionalizado de este país no hay diferencias prácticas entre feminismo y hembrismo. Están fuertemente entremezclados y resulta casi imposible separar el grano de la paja.
El feminismo real, el justo, al que apeláis vosotros y vosotras está lamentablemente muerto. O, al menos, sin voz. Vosotros sois los últimos vestigios de ese feminismo heredero de Clara Campoamor o Emma Goldman, pero el feminismo que padecemos (sí, también he escogido cuidadosamente esa palabra) no es ese viejo feminismo que proclamáis.


¿Por qué declararse feminista ya no tiene ningún sentido para mí? El feminismo (al menos el original) cree en la igualdad de género, por tanto, cualquier persona con un mínimo de sentido moral, es feminista. Pero también soy negrista (aunque ni siquiera esté seguro de que exista esa palabra, o tenga la misma acepción que feminista), porque creo en la oportunidad de derechos y oportunidades entre blancos y negros. Sin embargo nadie dice que es negrista, ni arabista, ni “discapacitadista”… En una sociedad donde el machismo ha desaparecido de las leyes y las instituciones, decir que uno es feminista es tan innecesario como decir que no es racista o xenófobo. No, no tengo que decir hola, soy el Tivípata y soy feminista, y no odio a los negros, y estoy a favor de la integración de los discapacitados y apoyo a Greenpeace en su lucha para evitar la extinción del mono de cola anillada.



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