martes, 23 de junio de 2015

Ser hombre no es fácil






En un spot publicitario de una conocida marca de compresas nos decían que ser mujer no es fácil, y no puedo estar más de acuerdo. A lo largo de la historia, la mujer ha sido invisible en la política (con honrosas excepciones como el Egipto de los faraones) y su inteligencia cuestionada incluso por los sabios de la antigua Grecia. El cristianismo incluso discutió sobre si poseían alma, o sólo era exclusividad de los varones. En las guerras han sido un botín más y, a menudo, las han convertido en cabeza de turco para culpar a alguien de una mala cosecha, o de la mortandad del ganado (durante la caza de brujas en Alemania fueron ejecutadas en autos de fe muchas más mujeres que hombres). Pero que ser mujer no haya sido nada fácil no quiere decir (como suele proclamar la retórica feminista) que ser hombre sea fácil, y que la “cosa” con la que nacemos nos haya colmado de privilegios que han convertido nuestra historia en un camino de rosas. No, ser hombre tampoco es fácil.



No somos tan fuertes como nos creemos

Estudios recientes creen que tenemos un sistema inmunológico más deficiente, que hace que seamos más propensos a gripes y neumonías. Esto puede explicar que una mujer que espere un hijo sea más propensa a padecer un aborto espontáneo que quien trae a una niña (la función pulmonar de un niño recién nacido es menos madura que la de una niña). Lideramos las listas de enfermedades hepáticas crónicas, diabetes y cardiopatías (que tienen un impacto devastador en hombres jóvenes), además de tener significativamente mayores probabilidades de padecer cáncer (una de cada tres mujeres frente a la mitad de los varones). 
Nuestro explosivo cóctel de hormonas hace que seamos más proclives al suicidio (hasta cuatro veces más) y nos hace más arriesgados (los adolescentes varones tienen ¡once veces! más posibilidades de morir ahogados). 
Además tenemos más riesgo de padecer trastornos mentales o discapacidades del desarrollo como el autismo. Para colmo, somos más daltónicos (lo que podría explicar que para las mujeres existan miles de variedades tonales y para nosotros sólo siete colores contados) además de tener más problemas auditivos.



Los hombres padecemos más la violencia

Sí, y a riesgo de que las feministas reaccionarias de turno me tiren a la cara (como suelen hacer) las decenas de mujeres asesinadas al año, afirmo con rotundidad (y los datos me avalan) que la violencia afecta más a los hombres. Según recoge un estudio publicado en El País, tenemos tres veces más posibilidades de morir asesinados que las mujeres, además de liderar las listas de muertos en conflictos armados. Es cierto que en los países en guerra proliferan la esclavitud sexual y las terribles violaciones grupales pero, por otra parte, los hombres sufren en mucha mayor medida el reclutamiento forzoso (otro tipo terrible de esclavitud muy poco mencionado), incluyendo el reclutamiento en conflictos como el de Somalia, Birmania, o Colombia (por citar algunos) de niños soldados. Niños que quedan profundamente marcados y, en la mayoría de los casos, jamás se convertirán en adultos normales.



El reparto de roles

Aunque el reparto de roles ha significado siglos de discriminación femenina, la idea de que el hombre ha hecho un “negocio redondo” es simplificar una realidad histórica más compleja. La mujer era relegada al ámbito doméstico (lo que nadie puede decir que sea positivo) pero la presión a la que el hombre era sometido para “cumplir” con su familia tampoco era fácil de gestionar. Trabajos terribles como el de la minería (con el temido mal de la silicosis obstruyendo sus pulmones) o el de la albañilería (que deja cientos de muertos y mutilados al año) no desmerecen la pesada carga de la mujer de sacar adelante un hogar. Por no mencionar el sentimiento de frustración, la sensación de ser inútiles y el complejo de culpa que acompañaba al hombre que no podía traer el sustento al hogar, alimentado a veces por sus propias esposas. Con esto no pretendo defender el reparto de roles, tradición por suerte superada en la actualidad, pero considero injusto, como acertadamente expuso la feminista Camille Paglia, que los hombres sean siempre retratados como explotadores y no se les reconozcan ninguno de sus sacrificios.









Los convencionalismos sociales

Los hombres también sufrimos la represión de la sociedad. No hablo de la represión sexual, que tanto daño ha hecho a la mujer a lo largo de la historia, sino de otra represión no menos perjudicial; la represión emocional. Sí, una mujer (incluso a día de hoy) tiene más libertad para mostrar emociones. Llorar (el método más efectivo de liberar estrés) no es un signo de fragilidad en ellas, y nosotros seguimos conteniendo las lágrimas incluso en la actualidad. Estudios revelan que el hombre interioriza más sus emociones y tienen reparos en manifestar sentimientos, lo que es perjudicial para la salud psíquica. Ésta es una causa (si bien no la única) de que seamos más propensos a padecer depresiones (lideramos las listas de suicidas en casi todos los países del mundo).


Ser mujer no es fácil, no, pero debemos reivindicar lo que ciertos sectores del feminismo actual quieren borrar de la historia; que ser hombre tampoco ha sido un camino de rosas.   





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1 comentario:

  1. cuando cambiara lo de el sexo debil.......

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