lunes, 27 de julio de 2015

El Igualitarismo legal; la medicina para combatir el feminismo









El igualitarismo es una doctrina ideológica vieja y que, en su día, no tuvo éxito por diversas razones. Se podría pensar que una ideología malograda no puede resurgir de las cenizas del fracaso y triunfar pero déjenme decirles que eso es, precisamente, lo que le sucedió a la democracia; el sistema político por el que se rigen los países más avanzados, tanto social como económicamente, y que, con sus defectos, es el modelo de gobierno más justo para los gobernados. Sin embargo, recordemos que la democracia, que nació con la toma de la Bastilla y que, sin pretenderlo, extendió el corso Napoleón por toda Europa con sus conquistas, venía de un sistema viejo y malogrado. Sí, no olvidemos que la democracia fue un fracasado experimento ateniense, abandonado durante veinte siglos, hasta que fue adecuado a los tiempos actuales y así hasta nuestros días.


El igualitarismo no predica la igualdad, una falacia populista de un socialismo impotente que, a pesar de su precioso y demagógico discurso, se ve incapaz para convencer. El socialismo parte de ese concepto erróneo, que en último extremo conduce al sistema político más nocivo para el progreso humano, y que ha encumbrado a los mayores genocidas del mundo; el comunismo. Pero los socialistas, pese a haber convertido las universidades en centros de adoctrinamiento, y tener el control de la mayoría de los medios de comunicación, siguen sin convencer. El igualitarismo no sostiene que todas las personas somos iguales, como nos dice el socialismo, pero si defiende que todos debemos ser iguales ante la ley. El socialismo nos dice en su discurso que todos somos iguales, al tiempo que se prostituye ante el feminismo en una de las más indignas demostraciones de clientelismo político, promoviendo la desigualdad de hombres y mujeres ante la ley.



Al brazo armado de ese atroz feminismo, Miguel Lorente, le diré lo que el abolicionista Thaddeus Stevens le dijo al diputado Woods en la cámara del congreso de los Estados Unidos: ¿Cómo voy a sostener que todas las personas somos iguales si tengo ante mí al altanero, hediondo, al despojo ético […] prueba viviente de que hay personas inferiores, dotadas por Dios de un intelecto limitado, impermeable a la razón? […] Usted es más reptil que hombre, tan rastrero y plano, que un pie humano es incapaz de aplastarte. Pero incluso un indigno y mezquino como tú debería ser tratado con igualdad ante la ley. Y por eso repetiré una y otra vez que no creo en la igualdad en todas las cosas, ¡sólo en la igualdad ante la ley!



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