sábado, 8 de agosto de 2015

Cuando la izquierda se opuso al voto femenino





Ya hablé en otra ocasión de la insana relación de clientelismo político, acaso prostitución, existente entre la izquierda política y el feminismo. No son escasas las paradojas nacidas de esta curiosa y, a menudo, tormentosa relación. Poco clamor se oyó desde el feminismo cuando la policía abrió diligencias contra el socialista López Aguilar por unos presuntos maltratos hacia su mujer. Seguro que todos nos preguntamos cómo hubiese reaccionado si el presunto maltratador hubiese sido, por ejemplo, Ruiz Gallardón. Muchas muestras de apoyo, en cambio, hubo desde el feminismo al joven Alfon, detenido con explosivos en una manifestación de la izquierda, a pesar de que contaba con condenas por agresión sexual, robo e insultos sexistas y homofóbicos. Es decir, cuando hay conflicto entre los intereses de la izquierda y los del feminismo, estos son dejados a un lado en pro del interés clientelista mutuo.


Ahora bien, esto no es nuevo, y durante los movimientos sufragistas de España durante la II República, las mujeres que pugnaban por su natural derecho a voto tuvieron que hacer frente a obstáculos inesperados. En las acaloradas discusiones parlamentarias que habrían de decidir si la mujer merecía o no votar, el diputado izquierdista Hilario Ayuso se opuso al derecho igualitario al voto, y propuso una enmienda que permitiera al hombre votar a partir de los veintitrés años, mientras que las féminas del país habrían de esperar a los cuarenta y tres. Argumentaba que la mujer era histérica por naturaleza, y sólo a edades próximas a la menopausia calmaban esas pulsiones. El PRR, un partido de la izquierda anticlerical, propuso aplazar la concesión del derecho al voto a la mujer sine die. El republicano Roberto Novoa aseguró que la mujer no podía votar porque era incapaz de reflexionar.


Lo curioso es que una mujer idolatrada por este feminismo inculto, Margarita Nelken, se opuso a que la mujer pudiese votar ya que temía que las españolas se decantaran por partidos más conservadores; es decir, la competencia. Subrayo ahora la paradoja producto de esa supina ignorancia cuando me encuentro por las redes a feministas citando a Nelken. No fue la única mujer de la izquierda en oponerse. Victoria Kent también voto en contra de aprobar las pretensiones de las sufragistas, abanderadas por Clara Campoamor.


Amplios sectores de la izquierda se opusieron a que la mujer pudiese votar, porque pensaban que el electorado femenino tendría una tendencia de voto conservador. Es decir, la prioridad era ganar elecciones; la mujer podía esperar. Una nueva muestra de que la relación izquierda-feminismo es interesada, oportunista, cínica y, sobre todo, de cornudos y cornudas consentidos.



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