domingo, 2 de agosto de 2015

La historia del denunciado en falso y el asesinado por su mujer








Cuando -en una chabola del deprimido barrio de Pizarrales, en Salamanca- nació el pequeño al que sus humildes padres bautizaron como Eleuterio, nadie hubiera sospechado, mínimamente, que su nombre –o, mejor dicho, su hipocorístico Lute- acapararía portadas, y carteles de Se busca, y su leyenda terminaría por desbordar las fronteras de aquel rancio y gris país fascista. Y era lógico que nadie lo hubiera imaginado, pues el Lute era un merchero, pobre e iletrado, condenado a ser uno de esos quincalleros nómadas, invisibles. Sin embargo, el papel que le habían reservado era muy distinto. El Lute estaba destinado, contra su voluntad, a hacer mucho ruido. Todo comenzó como empiezan las grandes historias, improvisando.


Raimundo Medrano y otro se reunieron con el Lute, poco después de que a éste le pusieran en libertad tras dos años y tres días por el robo de tres gallinas, un día en que el rugido de su estómago vacío no le dejó pensar con claridad. Nada de gallinas, dijeron, hoy daremos un palo como Dios manda. Lo que pasó aquella tarde, en la joyería de la calle Bravo Murillo de Madrid, nadie lo sabe con exactitud, pero la cosa acabó con un vigilante muerto, y los tres compinches huyendo de la policía bajo una lluvia de balas que terminarían con la vida de la niña Raquel Campiña. Cuando les arrestaron, el Lute y Medrano se lanzaron acusaciones cruzadas sobre quien apretó el gatillo que acabó con el vigilante. Los mercheros cargaron con el muerto que les tocaba y con el de un inepto policía de gatillo fácil. El Lute fue juzgado por un tribunal militar y sentenciado a muerte, aunque posteriormente le conmutaron la pena por cadena perpetua.


Cuando cerraron las rejas del penal del Dueso -donde el Lute habría de pasar el resto de su vida- era un muchacho enclenque, inculto y analfabeto. Un animal enjaulado que no tenía intención de pasar el resto de su vida en cautividad. Y aprovechando un traslado penitenciario, el Lute se las ingenió para zafarse de los dos guardias civiles que le custodiaban y saltó del tren en marcha, protagonizando una aventura que haría palidecer al Dr. Richard Kimble. Se rompió el brazo y anduvo por los bosques, asaltando por las noches gallineros para comer, hasta hacerse con una motocicleta. Trece días después fue sorprendido en un establo, y a la cadena perpetua le añadieron un delito de evasión, y el robo de unas gallinas y de la motocicleta.


En la nochevieja de 1970, el Lute volvió a fugarse, ocultándose gracias a la solidaridad de sus gentes; mercheros y gitanos. Un ejército de seis mil guardias civiles comenzó la caza del hombre –siendo el evadido más perseguido en la historia del franquismo-. Cientos de historias fueron pábulo de su leyenda, que crecía a medida que pasaban los días que permanecía desaparecido. Tres años después de su segunda fuga, el mayor fugitivo de la historia reciente de España volvió a ser detenido. Esta vez, el Lute no debía salir sino era con los pies por delante pero, como todos sabéis, eso no fue así.


Eleuterio recuperaría definitivamente la libertad en 1981, aunque esta vez no fue otra de sus impresionantes evasiones. En la cárcel, el inculto y analfabeto quincallero se había convertido en un abogado que ejerció en el prestigioso gabinete de Tierno Galván. Una transformación sorprendente que una denuncia falsa casi pone en entredicho. En 2006, Eleuterio Sánchez, el delincuente convertido en fugitivo, el fugitivo convertido en abogado y escritor, fue denunciado por violencia de género. Dos años después, la Audiencia Provincial de Sevilla declaró falsa la denuncia. Como si de una maldición se tratara, el compinche del Lute, Medrano, fue asesinado por su mujer. Un accidente de caldera cuando cumplía presidio le había dejado prácticamente ciego. Fue encontrado en una leñera, envuelto en plásticos. Su mujer confesó el crimen.


Curiosa coincidencia que debería conocer el feminismo. El Lute, acusado por un testimonio probado falso; Medrano, asesinado por su mujer. Dos compinches de correría que fueron, no obstante, conejillos indefensos a merced de sus mujeres. Una historia donde los malos no resultaron tan malos, y donde las esposas fueron crueles verdugos.











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