miércoles, 12 de agosto de 2015

La invención del patriarcado






El Patriarcado no existe. Lo que quizás muchos no sepan es que nunca existió. Con esta sentencia, que algunos encontrarán cuánto menos atrevida, no pretendo negar la obvia realidad histórica de que la mujer ha sido discriminada durante siglos. Las sociedades humanas han sido machistas, en mayor o menor grado dependiendo de la sociedad y la época histórica concreta, y esa ha sido una realidad injusta y lacerante. Ahora bien, machismo y patriarcado no son exactamente la misma cosa.


El machismo es la creencia de que la mujer tiene menos virtudes, y por ende, menos capacidades que el hombre. Ese pensamiento ha avalado conductas profundamente discriminatorias hacia la mujer. El patriarcado sería pues, y según la retórica feminista, la estructuración de esa idea en un sistema socio-político. Pero no existe tal estructura. El patriarcado es una invención política, una manera que el feminismo tiene de reunir a todos sus enemigos en un único símbolo, siguiendo a pies juntillas el primero de los once principios del ministro de propaganda Nazi Joseph Goebbels.




Principio de la simplificación y del enemigo único.Adoptar una idea única, un único símbolo. Individualizar al adversario en un único enemigo.”




El patriarcado es ese símbolo, y a ese gigantesco monstruo irreal culpa la dictadura de género de todo pensamiento disidente. Cualquiera que discrepe contra el santo evangelio feminista forma parte de él. 500 mil Firmas contra DENUNCIAS FALSAS, #Existen, GenMad, CUSTODIA COMPARTIDA ESPAÑA y cualquier otro es patriarcado. Técnicamente, todo lo que no es feminismo es patriarcado.

La idea de patriarcado nos dice, básicamente, que en la larga y compleja historia humana han existido dos castas, una de ellas con privilegios -los hombres- que han dominado a la casta sin privilegios -las mujeres-. Esa idea, una deformación del principio del marxismo, ha calado hondo en la conciencia colectiva de la humanidad, precisamente por su simpleza. Casualmente se trata de otra idea que Goebbels describe en sus famosos y abyectos principios:




Principio de la vulgarización.Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa.”





El parecido del feminismo con los métodos propagandísticos usados por las dictaduras no es casual.


El machismo existe, como existe el racismo, la xenofobia, la homofobia y otras ideas intolerantes, pero el patriarcado no existe. Nada tiene que ver la publicidad sexista con que un agresor sexual viole a una mujer. No tiene nada que ver el supuesto sexismo en el lenguaje con el llamado “techo de cristal”. No hay relación entre luchar contra los privilegios maternos en los divorcios con que un hombre maltrate a su esposa. No existe correlación entre los que luchamos contra la LIVG y la brecha salarial. Y sin embargo, todos somos patriarcado según ese feminismo acusatorio.


Es un hecho que los seres humanos han sido machistas, como también han sido chovinistas, antisemitas, racistas e intolerantes religiosos. Es un hecho que la virtud de compartir la infinita abundancia de este mundo nunca ha sido norma en nosotros. Pero también es un hecho que, salvo en casos concretos y localizados, hemos dejado atrás el chovinismo, el antisemitismo, el racismo y la intolerancia religiosa. Y también el machismo, aunque el feminismo, paradójicamente, se empeñe en resucitarlo una y otra vez para justificar la superflua existencia de las “defensoras de la igualdad”.



El patriarcado no existe. Nunca existió. Si existió el machismo que, por suerte, hemos dejado atrás en la inmensa mayoría de los casos. Dejad de acusar a la sociedad de ser bárbaros e incivilizados. Dejad de acusar a los hombres de ser maltratadores y violadores. Dejad de acusar a las mujeres que nos apoyan de traidoras y esquiroles. Recoged la escasa dignidad que le queda al otrora esplendoroso movimiento al que decís representar, y al que sólo habéis mancillado y llenado de vergüenza, y ponedle punto final.




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