jueves, 20 de agosto de 2015

Una vampira en Barcelona



Enriqueta Martí. La vampira de Barcelona


Estreno sección donde hablaré de casos que, en su momento, conmocionaron a la opinión pública, y que demuestran que los monstruos no tienen sexo. Conocemos casos como los de Santiago del Valle o Miguel Ricart, verdaderos demonios que anduvieron con pies terrenales entre nosotros pero, ¿y ellas? En esta sección veremos que la maldad no distingue entre géneros, y qué mejor prueba que el caso que aquí les narro. Sé que muchos buscarán información sobre él, pensando que algo tan siniestro y novelesco no pudo suceder en la vida real. Háganlo. El caso de la vampira de Barcelona es tan aterrador como verídico.


Barcelona, 1912. Pocos años antes, una epidemia de tisis había hecho estragos entre la población, y aunque lo peor ya había pasado, el miedo a aquel terrible mal seguía flotando en el aire, como una amenaza insomne. Sin embargo, otro mal angustiaba los corazones de las gentes de la ciudad; desde hacía cuatro años se venían produciendo una serie de misteriosas desapariciones de niños de entre cinco y diez años. Por eso, cuando la madre de la pequeña Teresita Guitart la perdió de vista en el bullicio del mercado, se temió lo peor. La gente empezaba a perder la confianza en las fuerzas de seguridad, que se veían impotentes ante las numerosas desapariciones –se calculaba que la cifra ascendía ya a veinticinco- y ni siquiera contaban con una pista que poder seguir. Los niños, sencillamente, eran tragados por la tierra.


Teresita Guitart no pudo ver nada. Se había distanciado apenas unos metros de su madre y un saco negro la envolvió, sumiéndola en la más negra oscuridad. Aquel mismo saco ahogó sus gritos, y cuando pudo ver de nuevo se vio frente a una silenciosa mujer, alta y henchida, que la miraba con dos ojos oscuros como el abismo. Sus llantos fueron reprimidos a golpes. Luego, aquella mujer le rapó la cabeza y le indicó que entrara en una habitación al final de un angosto y oscuro pasillo. Sus pequeñas y frágiles piernecillas temblaban a medida que cumplía la orden. En una habitación entreabierta alcanzó a ver a un niño tendido bocabajo sobre una cama. No se movía. Cuando llegó a la habitación indicada, se encontró con otra niña, también rapada, con el rostro sucio y vestida con andrajos.


Claudina Elías alcanzó a ver el rostro aterrorizado y fantasmal de una niña asomada al ventanuco que correspondía a la casa de su vecina Enriqueta Martí. Sabedora de que Enriqueta –una mujer excéntrica con la que había cruzado muy pocas palabras, pese a vivir puerta con puerta con ella- no tenía hijos, se preguntó quién sería la pequeña a la que acababa de ver. Con no poco cuajo, Claudina quiso indagar, y preguntó a Enriqueta si su “hija” necesitaba alguna cosa, pues la había oído llorar. No tengo hija, aseguró Enriqueta, y cerró la puerta con escasos modales. Claudina estaba casi segura de que aquella era la responsable de las desapariciones que habían puesto la ciudad condal patas arriba.
La vecina acudió entonces a su amigo José Arens, un guardia municipal, y los dos paisanos, disfrazados de héroes, decidieron llegar al fondo de aquel turbio asunto. Arens entró en el domicilio de Enriqueta, pese a que ella le había puesto todo tipo de impedimentos –eran otros tiempos, y eso de las órdenes judiciales no era tan importante- y se encontró con las niñas. José Arens no creyó las explicaciones de Enriqueta Martí, y la mujer fue detenida. La pequeña Teresita Guitart fue identificada, así como la otra niña, de nombre Angelines. Aunque estaban sucias y demacradas, las dos se encontraban bien. Barcelona respiró aliviada, pero la caja de los horrores había quedado abierta.



Teresita Guitart. La pequeña en el momento de su liberación


En siguientes inspecciones al domicilio de Enriqueta Martí, los investigadores se encontraron con una montaña de zapatos infantiles, así como un armario repleto de ropa de niño. En la cocina, encontraron un cuchillo lleno de sangre –que parecía haber sido usado recientemente-, aunque lo peor aún estaba por llegar. En lugares ocultos de aquel museo del horror, la policía barcelonesa encontró tarros de grasa humana, así como una treintena de huesos pertenecientes a un número indeterminado de niños de entre seis y ocho años.


Como en todos los casos macabros, que escapan a la comprensión humana, un sinfín de especulaciones y rumores, a menudo falsos, rodearon el infame caso de la que ya era conocida como la vampira de Barcelona. Se decía que Enriqueta elaboraba ungüentos que pretendían curar el tisis, y que contaba con clientes poderosos entre las clases más altas de la sociedad barcelonesa. También se especuló con que Enriqueta era proxeneta, y ofrecía a sus víctimas para satisfacer los deseos enfermizos de la gente de la jet set catalana. En cualquier caso, lo que parecía ser cierto era que la propia Enriqueta había ejercido la prostitución en el pasado, y aún lo hacía ocasionalmente, y que siempre había actuado sola. Su marido, Juan Pujaló, también fue detenido, aunque se le puso en libertad poco después ya que hacían vidas separadas desde hacía años.


Enriqueta Martí, la vampira de Barcelona, murió antes de ser juzgada, linchada por sus compañeras de presidio. Se especula con que había asesinado a unos veinticinco niños, aunque la cifra real nunca se podrá calcular. Por su parte, Teresita Guitart tuvo una vida larga, falleciendo hace pocos años.




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