miércoles, 2 de septiembre de 2015

El Hombre Lobo de Allariz


Retrato de Romasanta



La narración que desempolvo de nuestra particular (y, a menudo, excéntrica) historia criminal os podrá parecer extraña ya que, en un principio, no sigue la temática de mi blog, pero ya que estás aquí lee hasta el final del artículo.


Manuel Blanco Romasanta esperó a estar en las verdes entrañas de los bosques gallegos para atacar a Manuela Blanca y a su hija Petra. Las dos se marcharon del mundo dando un último grito que nadie oyó. Había prometido a Manuela un buen trabajo como ama en la casa de un adinerado cura de Santander. La mujer, que acababa de separarse de su marido, se sintió entusiasmada por la posibilidad de empezar otra vida lejos del pueblecito gallego de Rebordechao, que sólo le había traído disgustos. Manuel Romasanta, el tercero en aquel presunto trato, se había prestado a conducirla a ella y a su pequeña por los caminos verdes de la sierra de San Mamed que él, por su condición de buhonero, conocía como la palma de su mano. Pero el cura no existía, y madre e hija nunca llegarían a Santander.


La corta estatura de Romasanta (apenas medía 1,40) no le impidió llevar al bosque, entre 1846 y 1852, a trece personas (mujeres y niños) para matarlos una vez se hubiese asegurado que la espesura de los bosques ahogarían los gritos de las mujeres y el llanto de sus hijos. A veces, se sentaba tranquilamente y cuarteaba las carnes de sus víctimas y encendía una hoguera. Romasanta comía carne humana. A todas les prometía lo mismo; un buen trabajo en casa de algún cura adinerado, y todas tenían el mismo infausto final.


Romasanta tenía buena mano para coser, calcetar, bordar y remendar trajes y vestidos (lo que le había granjeado cierta fama de amanerado en el pueblo) aunque, ciertamente, le gustaban las mujeres. Había estado casado durante poco más de un año, hasta el fallecimiento de su mujer (no hay indicios de que estuviera implicado en aquello), y en el momento de su detención estaba sexualmente interesado en una viuda mayor que él. Aunque Romasanta no era muy agraciado (por su corta estatura y su pronunciada alopecia) tenía no poco talento para encandilar a las mujeres, por lo que tenía una contradictoria mezcla entre amaneramiento y fama de Don Juan. El buhonero vendía las manufacturas de su talento para la costura… y las prendas de sus víctimas. En una ocasión, el familiar de una de sus víctimas reconoció sus prendas, y Romasanta tuvo que desaparecer. No anduvo fugitivo mucho tiempo, y en 1852 fue arrestado y procesado.


En el juicio, Romasanta adujo que se convertía en hombre lobo cuando cometía sus crímenes. Los médicos que le estudiaron –cuatro de medicina general y dos cirujanos- concluyeron que Manuel Blanco Romasanta no estaba loco y fue sentenciado a garrote. Sin embargo, un prestigioso hipnólogo francés, que se había interesado por el caso y había viajado a Galicia para conocer al hombre lobo de Allariz, convenció a la reina Isabel II de que aquel muerto caminante (como se conocen a los condenados a muerte) era en realidad un demente. La reina conmutó la pena de muerte por cadena perpetua. Romasanta moriría diez años después en un penal de Ceuta, de cáncer de estómago.



Aquí es donde el caso da un giro sorprendente. De todos era sabido que Manuel Blanco Romasanta había sido bautizado en la pequeña parroquia de Requeiro como Manuela, aunque siempre se atribuyó a un error en el registro. Ocho años después, en el registro parroquial, ya figura como Manuel pero, ¿fue sólo un error de registro? Los expertos antropólogos y forenses Xosé Ramón Mariño y Fernando Serrulla concluyen que no fue un simple error. Romasanta era una mujer, nacida con un extraño síndrome de intersexualidad llamado pseudohermafroditismo femenino, que se manifiesta en 1 de cada 10.000 o 15.000 nacidos vivos. Romasanta segregaba una desmedida cantidad de hormonas masculinas, que le causaban alopecia y hacia que le creciera abundante vello facial. Ya que le gustaban las mujeres (y la homosexualidad no estaba bien vista a mediados del siglo XIX), adoptó la personalidad de un hombre. Aunque estuvo casado durante más de un año, aquel matrimonio no tuvo hijos –por razones evidentes-. Así que el hombre lobo de Allariz fue, en realidad, la mujer lobo de Allariz.        



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2 comentarios:

  1. Lo había leido en algún sitio, muy interesante. Puede que ese desequilibrio hormonal exagerado contribuyera a su locura, o que solo fuera un cabrón/cabrona del montón. Una feminazi podria haber usado esta historia para aducir que las hormonas masculinas inclinan a la violencia. Yo no diré nada ;-D

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    1. Teniendo en cuenta que 1 de cada 10.000 o 15.000 padecen este trastorno, y que no todos (afortunadamente) se convierten en asesinos en serie, yo diría que su condición no tuvo nada que ver... al menos, de manera directa. Si es posible (muy posible) que su condición provocara en él/ella graves trastornos, producto de tener que ocultar su identidad sexual, el miedo a ser descubierta y rechazada, no poder tener relaciones afectivas plenas, problemas de identidad sexual, etc. En cualquier caso tuvo una vida difícil.

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