miércoles, 21 de octubre de 2015

La historia de Laura



Secuencia de Alicia en el pais de las maravillas de Disney. 



Laura acaba de licenciarse. Ahora puede anotar, con orgullo, que es licenciaba en marketing y publicidad en los currículos que repartirá por todas las agencias de la ciudad y allende los mares, si es necesario. No ha sido un camino fácil, juzga, también con orgullo, echando la vista atrás. Laura recuerda aquellas noches de desvelo, armada con un termo de café, y los nervios que casi le hacían vomitar cuando se jugaba una asignatura a un solo examen. Los apuntes interminables, las fiestas perdidas por “labrarse un porvenir” y el denodado esfuerzo tienen ahora recompensa.

Pero una y otra vez le dan respuestas esquivas, en el mejor de los casos, o recibe como contestación un silencio helador, en la mayoría. Para pagar el alquiler cambia el destino de sus currículos por el de empresas hosteleras, y trabaja diez horas al día como camarera mientras sigue intentando, cada vez más desesperanzada y suspicaz, que alguna agencia de publicidad le responda a su bombardeo de currículos. La realidad le acaba de dar una hostia en las narices.

Por otra parte, Laura nunca ha sido especialmente bonita –aunque tampoco se le puede considerar fea-, pero la imagen que le devuelve el espejo nunca le agradó del todo. Es consciente de que se juzga de una manera excesiva –hay cientos de chicas más guapas, sí, pero también hay decenas de chicas que querrían estar en su pellejo-, sin embargo, no puede evitar ser tan estricta al evaluar su propio aspecto. Odia ese excesivo volumen en su cintura, los tobillos -algo anchos según su severo escrutinio-, y la redondez de su cara. Pero Laura ni siquiera es consciente que el verdadero origen de esa nula aceptación se debe más a su frustración laboral que a su imagen.

Laura ha conocido a Marta en su trabajo en la cafetería. Le parece una chica enérgica y vitalista, y como cita constantemente a Wilde o Virginia Wolf concluye que es muy culta. Terminan hablando de feminismo, y Marta le convence para asistir a una reunión feminista. Por supuesto, Laura ya conocía ese movimiento. Al menos, tenía un concepto vago de él, pero Marta le habla en profundidad del patriarcado, el gran enemigo, presente en todas las facetas de la vida, tanto en la pública como en la privada, en la profesional como en la afectiva. El mensaje seduce a Laura, deprimida y vulnerable por los recientes reveses laborales y su escasa auto-aceptación, pues durante estos grises meses de su vida ha tenido la sensación de enfrentarse a un enemigo invisible. Una suerte de adversario fantasmal que parecía deleitarse zancadilleándola y al que ahora puede poner nombre y, por tanto, combatir.

Marta le explica que el patriarcado es el culpable de que no haya encontrado trabajo en aquello para lo que ha invertido tanto esfuerzo e ilusión. Le habla de la brecha salarial, del techo de cristal, de los puestos de poder, siempre en manos de los hombres. Por supuesto, sólo le aporta datos y estadísticas de estudios feministas, elaborado por feministas para sus asociaciones feministas. El mensaje cala rápido en Laura, y el éxito de esa fácil asimilación se debe a que entiende que su problema no es por culpa de su probable mediocridad, de su posible escasez de talento, o de la enorme competitividad laboral que existe en el mundo de la publicidad, sino que es culpa del patriarcado. Empieza a ser inundada de una autoestima basada en una falsa idea, pero nunca había experimentado esa embriagadora sensación de autoaprecio, y eso le hace sentir bien.

Marta también le habla del por qué no se acepta cuando se mira en el espejo. Le dice que es una estrategia del patriarcado –ese omnipresente patriarcado- para controlar, para dirigir, para someter a la mujer a través de su aspecto. Le dice que los cánones de belleza son imposiciones de la sociedad, que nos inoculan a través de las preciosas actrices de cine, y las cantantes, y la publicidad. Le habla de la cosificación sexual, incluso de una “cultura de la violación”, perfectamente pensada y organizada por el patriarcado para subyugarlas. Le dice que ella es bella tal y como es –aunque no le dice en ningún momento que un hombre bajito, gordo y calvo es bello- y le anima a que no acepte el engaño de los cánones estéticos –también se le olvida comentar que los hombres también se ven afectados por esos mismos cánones, que les hace someterse a tortuosas rutinas de gimnasio, y dietas proteicas brutales, y que también les preocupa cosas como la caída del pelo-. Marta sólo le habla de mujeres -el feminismo sólo habla de mujeres- aunque sus acciones afecten también a los hombres.

Una vez le habla de los “grandes machismos”, Marta le pide a Laura que se ponga las “gafas violetas” para detectar los “micromachismos”. Le dice que son todas aquellas pequeñas acciones, que en una sociedad machista como la occidental, pasan desapercibidas pero que influyen de manera decisiva en la perpetuación del patriarcado. A medida que Marta va instruyendo a Laura, ésta empieza a “comprender” que todo lo malo que le ha pasado en su vida ha sido culpa, única y exclusivamente, de ese patriarcado.

Con las rígidas gafas violetas puestas, Laura empieza a “darse cuenta” de que ha estado rodeada de machismo toda su vida. El chico que la insultó en tercero de la ESO fue por ser mujer, aquel profesor de primero de carrera que cuestionó su talento lo hizo porque era machista, todos esos noes que ha recibido de las agencias de publicidad ha sido porque prefieren contratar a hombres (a los que, paradójicamente, pagarán sueldos más elevados).

Ahora que tiene las gafas violetas puestas no puede dejar de ver machismo en todas partes. Sus amigos, a los que antes tanto apreciaba, no dejan de hacer comentarios machistas, y cuando ella defiende con fervor las virtudes del feminismo, con esa pasión desmedida propia de los nuevos conversos, la miran como si vieran a un integrista musulmán. Laura concluye que son machistas. Claro, ¿cómo no van a ser machistas si han sido criados en una sociedad machista?

Laura es ahora feminista. El feminismo, como haría cualquier secta, la ha captado cuando se hallaba vulnerable y frustrada. El patriarcado le ha dado sentido a su vida, porque tiene a quien echarle la culpa de absolutamente todo. Entró en círculos feministas sin tener un gran bagaje cultural, y eso le hizo estar indefensa ante todas esas mujeres “cultas” que citaban a Emma Goldman y Simone de Beauvoir, y que pronunciaban conceptos tan exóticos como micromachismo, posmachismo, falocentrismo, cultura de la violación o machismo capitalista. Ahora ella misma repite como un mantra todos esos axiomas que le han vertido, sin siquiera cuestionarlo. Sin siquiera someterlo a un juicio crítico.

¿Cuántas “Lauras” existen en este país? Seguro que todos os habéis tropezado alguna vez con personas como ella. La gran mayoría de feministas activistas y militantes en asociaciones feministas tienen una historia similar detrás. Gente débil emocional y culturalmente, susceptibles de ser captadas. De ahí que sea tan difícil (sino, virtualmente imposible) hacerles entrar en razón, porque como decía Mark Twain, es más fácil engañar a la gente, que convencerlas de que han sido engañadas.





La historia de Laura; Segunda parte, AQUÍ




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14 comentarios:

  1. Lamentablemente acabas de hacer un retrato muy fiel de lo que pasa a diario. Es muy triste, te lo digo en serio.

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    1. Mezclar circunstancias adversas con estar desarmado intelectualmente, son los ingredientes de cualquiera que entre en grupos de odios; se el feminismo o los ñetas. ¡Saludos!

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  2. Muy buen artículo. Radiografía de la feminista.

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  3. Lúcido análisis psicológico de la feminista media.

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  4. Somos incapaces de concebir la maldad en la mujer.
    Si una mujer es misandrica y supremacista, siempre tendemos a crear que es una pobre niña engañado por una feminancy (ojocuidao que las feministas defienden la igualdazzz a ver si me voy a enfadar) que en su momento también era una niña asustada hasta que fue engañada por otra feminancy y así hasta el origen de los tiempos.
    Los seres humanos han luchado entre si desde que existen, una religión contra otra, una tribu contra otra, una raza contra y, en este periodo histórico un sexo contra otro.
    Los alemanes sometieron a los judíos, los romanos a los pueblos mediterraneos, los ingleses y franceses a los pueblos de África, el feminismo es simplemente el mismo supremacismo sólo que hacia los hombres y por parte de las mujeres.Nadie está libre de pecado ni es inmune a caer en el supremacismo cuando se dan las condiciones sociopoliticas adecuadas, las mujeres tampoco (mas que nada porque el supremacismo ario también era apoyado por mujeres).

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    1. He hablado sobre la que podríamos denominar "feminista soldado". Esta no es la historia de la "cúpula" como Lorente o Beatriz Gimeno (que serían casos muy distintos al que narro aquí y es, probablemente a quien te refieres). De todos modos, en este artículo no pretendo exculparlas. Que una persona sea susceptible de ser manipulada no significa que sea buena persona. ¡Saludos!

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  5. Otra de sus infalibles palabras mágicas suele ser, fascista

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    1. Sí, para muchos, insultos como machista o fascista quieren decir, simplemente, disidente, pues te lo adjudican por discrepar de sus pensamientos.

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  6. ARC
    Muy bueno Tivi, el retrato es perfecto.

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  7. Muy bueno amigo...Como todas las sectas es más fácil captar a la mente débil, las vemos todos los días, en vez de dialogar insultan, en vez de ofrecer datos, ponen excusas, y en vez de rebatir llaman al resto para convertir el debate en un aquelarre, propio de la gente de mente débil...
    A ver, cuando digo Feminismo me refiero a lo que vemos ahora, no al movimiento que busca la igualdad entre sexos.

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    1. El funcionamiento es muy similar, sea feminismo o sea la secta del séptimo camino. Son aterradoramente similares. Saludos!

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