jueves, 12 de noviembre de 2015

La historia de Francys y Sergei Arsentiev



El matrimonio de escaladores Francys y Sergei 

Este artículo va dirigido a esa ala del feminismo lésbico que considera el amor heterosexual poco menos que una abominación contra natura e impuesta. La historia que aquí relato es real. Una historia que hace añicos cualquier vano e impotente intento de denostar el infamado “amor romántico” por parte de ese feminismo integrista y destructivo.

Tiene lugar en la llamada Zona de la Muerte. Un infierno blanco y gélido por encima de los ocho mil metros de altura, en el Everest. Una yerma extensión de menos de un quilómetro de longitud a unos treinta grados bajo cero –en un buen día-, y con una cantidad de oxígeno respirable que no llega a un tercio de lo que se considera adecuado para vivir. Lo macabro de ese infierno en las alturas es que si un montañero sufre el temido “mal de altura” –hipoxia cerebral por la escasez de oxígeno respirable-, caídas severas, roturas o cualquier otra complicación importante, nadie puede ayudarle a bajar. Teniendo en cuenta que un montañero experimentado necesita hasta tres respiraciones por cada paso, intentar llevar a cuestas –o, acaso, arrastrar- a otra persona es una quimera. Los helicópteros, por supuesto, no pueden operar allí arriba.

Si tratar de ayudar a un herido a descender es virtualmente imposible, bajar un cadáver es inasumible. Por tanto, en la Zona de la Muerte del Everest se hallan más de cuarenta cuerpos que están justo en el lugar donde cayeron, y que, a menudo, es utilizado por los expedicionarios como puntos de referencia.


Cadáver en el Eeverest 


El 22 de mayo de 1998, el matrimonio de aventureros formado por Francys y Sergei Arsentiev se propuso una de las cosas más difíciles y desaconsejables que pueden hacerse en este planeta; coronar la cumbre del Everest sin oxígeno extra. Y, tras lograr hacer cima en el pico más elevado de la Tierra, debieron sentirse tan henchidos como el enloquecido capitán Ahab cuando arponeó el lomo de su odiado leviatán. Sin embargo, de la misma manera que el arpón que mató al monstruoso cachalote arrastró con él al aciago y enardecido capitán, el vengativo Everest pareció enfurecerse con aquella intrépida pareja que lo había conquistado, y quiso hacer lo propio.

El clima comenzó a endurecerse, y el descenso fue más complicado de lo que los felices Arsentiev habían supuesto. Se demoraron demasiado, y lo peor que podía sucederles se hizo terriblemente real; la noche los atrapó en la Zona de la Muerte. Francys y Sergei se separaron. En la negritud de la noche, con el viento chillando en la cumbre y sin fuerza en los pulmones para gritar, encontrarse era prácticamente imposible. Sergei tomó la decisión más razonable; volver al campamento base. Su mujer haría lo mismo y, probablemente, se reencontrarían allí, añadiendo aquella anécdota a la sorprendente aventura que habían experimentado.

Es impensable imaginar la desoladora sensación que debió de embargar al expedicionario, cuando el resto del equipo instalado en el campamento base le dijo que Francys no había descendido de la cumbre. Sergei resolvió ascender de nuevo pertrechándose, esta vez, con varias botellas de oxígeno. Ahora no se trataba de una aventura que contar a los amigos, sino de volver a vencer a la montaña y recuperar lo que le había arrebatado.

De nada sirvió los sabios consejos de los expedicionarios, y sus terribles advertencias; ascender a la Zona de la Muerte en plena noche era un suicidio. Para Sergei, la loca esperanza de encontrar con vida a Francys y descender con ella no le daba otra opción. Sabía que las posibilidades de hallarla viva eran escasas, y aún más que los dos regresaran sanos y salvos, pero las matemáticas era lo que menos le preocupaba en ese momento. Su mujer estaba en algún lugar, desorientada, azotada por lacerantes ventisca, preguntándose, quizás, dónde estaba Sergei. Los expedicionarios vieron al desesperado hombre desaparecer en la maliciosa oscuridad del Everest. Ellos esperarían a la mañana para atacar la cumbre y, con suerte, ayudarles a descender.

La mañana del 23, otra expedición se tropezó con Sergei, que había pasado toda la noche ascendiendo palmo a palmo, infatigable. Fue la última vez que fue visto con vida. La expedición de los Arsentiev, por su parte, inició la operación de rescate y encontró a Francys el día 24, acurrucada en una grieta, buscando el abrigo de la montaña. Había sobrevivido dos noches sola, en la oscuridad, a una temperatura próxima a los sesenta grados bajo cero y sin oxígeno extra. El equipo constató que sufría extrema congelación, y empezaba a tener sueño –lo que representaba una nefasta señal-. La expedicionaria no podía moverse por sí misma y eso, en la Zona de la Muerte, significaba que ahora pertenecía a la montaña.

Durante una hora, los expedicionarios asistieron a la extenuada Francys, pero debían tomar una difícil decisión; cada minuto que pasaban allí ponía en peligro la vida de los expedicionarios. No podían hacer nada por ella. El Everest se había cobrado su pago.

Años después, una de las expedicionarias, Cathy O´Dowd, recordaba en unas terribles declaraciones que Francys no paraba de suplicar, entre sollozos, y con una voz apenas audible, que no la abandonaran, mientras el equipo se alejaba de la cruel y triunfante montaña. Ocho años después, el mismo equipo que se vio obligado a abandonarla regresó al Everest y tributó a Francys con una bandera de su país.

El cuerpo de Sergei, por su parte, fue encontrado un año después de los terribles sucesos. Se había despeñado por una ladera en mitad de la noche, a no mucha distancia de donde se hallaba su mujer. Sergei podría haber sobrevivido si no hubiese desoído los consejos de su equipo la noche que consiguió descender de la montaña, pero para él no cabía otra opción. Cogió unas botellas de oxígeno y volvió a la montaña, donde Francys le esperaba.



Francys y Sergey




El cuerpo de Francys   






7 comentarios:

  1. Joder, Tivi... ¿"quilómetro?"

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    1. Lo admite como forma en desuso. (Lo que nos lleva buscar en la RAE el lema 'desuso')
      Pero, sea como fuere, ¿no es más fácil el camino de la humildad?
      Mírame a los ojos, ponte la mano en el pecho y si eres un hombre de honor dime que, sabiendo que es una forma en desuso, y que lo correcto es "kilómetro", optaste adrede por el arcaísmo.

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    2. teniendo en cuenta tan sólo el comienzo de este "artículo" es fácil deducir que este señor muchas luces no tiene.

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  2. ¿amor? esta historia es de dos personas insensatas, deberían haberse quedado cuidando de sus hijos y no dejarlos solos, fueron a suicidarse.

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