martes, 19 de enero de 2016

El neofeminismo también mata



Jennifer Thompson y Ronald Cotton en el programa El Hormiguero


La historia que aquí les traigo es de aquellas que no se olvidan. Tienen como protagonista a dos víctimas –por diferentes circunstancias- y un sistema judicial que puede despedazar la vida de cualquier hombre con una facilidad terrible. La pesadilla para Jennifer Thompson comenzó una madrugada en su propio hogar, cuando despertó en la noche y sintió el frío metálico de un cuchillo en el cuello. La joven –contaba entonces veintidós velas- vio un rostro oscuro, hostil, que le miraba fijamente. Aquel hombre la violó y luego desapareció como una furtiva sombra. 

Mientras la violaba, la muchacha había tomado una determinación; hacer una fotografía mental de aquel rostro moreno y duro, para –si se daba el caso que sobrevivía a aquel indeseado encuentro- poder denunciar y que su agresor no quedara impune. Relatado los hechos a la policía, cuando Jennifer Thompson fue llevada a una rueda de reconocimiento y se encontró con el rostro de Ronald Cotton, sus rodillas casi no pudieron sostener el peso de su cuerpo. La muchacha señaló a Cotton y el policía le hizo la pregunta de rigor ¿cómo estás de convencida? Thompson afirmó.- Nunca olvidaría ese rostro

Ronald Cotton era un joven negro, de una edad parecida a la de Thompson. El muchacho no entendía por qué aquella mujer, a la que no había visto en su vida, le señalaba con el dedo, le miraba durante el juicio con aquel odio visceral y se empeñaba en que acabara sus días encerrado. Sin pruebas en su contra, el juez le condenó a cadena perpetua, cambiando para siempre su vida, cancelando todos los planes que el joven había hecho, enterrando todos sus sueños con un golpe de maza. 

Once años después, Cotton ya se había hecho a la vida en la cárcel. Una suerte que nunca hubiese sospechado hasta el día en que los ojos de Thompson se cruzaron en su vida. Resignado a pasar el resto de sus días como reo del sistema penitenciario estadounidense, Cotton se tropezó en una ocasión con otro compañero de presidio. En la charla que vino entre los dos, el otro le contó que tiempo atrás había violado a una muchacha rubia en su propio apartamento, y que nadie le hubo relacionado jamás con aquel hecho. Cotton vio que aquella historia coincidía en el tiempo, el lugar y la descripción de la mujer, y rápidamente supo que estaba ante el hombre por el que él había pagado la cuenta. 

Después de un largo proceso, con su habitual y exasperante burocracia, Cotton consiguió lo impensable; reabrir el juicio. Había pasado tiempo, y la ciencia del ADN era una herramienta más precisa que entonces. Las pruebas genéticas fueron concluyentes; aquel tipo era el culpable del crimen por el que Cotton había sido culpado. La pesadilla de once años de Ronald Cotton había llegado a su fin. 

Cuando Jennifer Thompson supo que el hombre a quien había señalado, convencida de ser su atacante nocturno, había sido negligentemente condenado, sintió que todo se desmoronaba a su alrededor. Cuando cerraba sus ojos, era el rostro de Cotton el que veía encima de ella, a un palmo de su cara, y no el de aquel otro tipo que la evidencia de la prueba genética había determinado como su violador. Su memoria, su misma psique, le había engañado. 

Dos años tardó Thompson en atreverse a contactar con el hombre a quien había destrozado la vida. Como ella misma admitió, tenía miedo de que Cotton la matara nada más verla, por tantos agravios como su errónea acusación le habían procurado. Sin embargo, el peso de su conciencia era mayor que el miedo, y se reunió con él. Para sorpresa de la mujer –que ya contaba treinta y cinco años-, Cotton le dijo que hacía tiempo que le había perdonado. En la actualidad, Thompson y Cotton son amigos, y recorren Estados Unidos y el mundo –los dos relataron su sorprendente historia en el programa El Hormiguero- criticando duramente el sistema judicial que llevó a un hombre a la cárcel sólo por la palabra de una mujer convencida. 

Quien crea que esto sólo puede suceder en Estados Unidos, o que fue un caso de racismo tristemente habitual en el sistema judicial norteamericano –agresor negro, víctima blanca- está en un gravísimo error. En España abundan los “Cotton”. Tenemos el caso de Rafael Ricardi, acusado por error de violación y condenado –recibió la mayor indemnización de esta clase en la historia de nuestro país-, Isaac Díaz Gonzabay o el reciente caso de Joan Cardones. Y es que cuando se concede el principio de veracidad a la acusación, parecerte a un violador puede ser legalmente punible. Jueces que dictan sentencias por la presión de grupúsculos neofeministas, quejosas de que se garanticen derechos básicos a acusados por algún acto de violencia contra una mujer. Fallos condenatorios y ejemplarizantes para evitar ser señalados como jueces machistas o demasiado blandos con las mal llamadas violencias machistas. Casos que evidencian aquello que nadie se atreve a sostener; que el neofeminismo también mata. Lo más triste de esta lista de nombres, vidas truncadas, dolor difícilmente reparable con compensaciones monetarias, son todos aquellos que no tuvieron la suerte de Cotton. ¿Cuántos como ellos pasarán sus vidas, o una parte irremplazable de ellas, en prisión por un delito del que sólo ellos se saben inocentes?







6 comentarios:

  1. Se dice "Relatados los hechos", no "Relatado los hechos". Recuerda que el verbo concuerda siempre con el predicado; que no aprendes... O no quieres aprender, porque esa es otra: seguro que te vas a encabezonar en mantener la incorrección a sabiendas.
    (Seguramente tengas más faltas de ortografía, sintaxis, gramática o estilo en esta misma entrada; pero se me han quitado las ganas de seguir leyéndote. Volveré dentro de otros tres meses a ver si has mejorado algo)
    [[¿Sabes lo peor del caso, Tivi? Que la causa que defiendes es apasionante y legítima. Lástima que lo hagas con unas formas tan pobres]]

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¿Y quién me corregirá a partir de ahora? de todas maneras, gracias por todo, Lógica enfurecida.

      Eliminar
    2. Siempre hay gente que cuando señalas algo con el dedo... se queda mirando la punta del dedo. Gracias por el artículo Tivi.

      Eliminar
    3. En realidad el verbo concuerda con el sujeto, no con el predicado. Pero bueno.

      Eliminar
    4. Así es, Roberto. Gracias a ti.

      Eliminar
    5. Así es, Roberto. Gracias a ti.

      Eliminar