lunes, 29 de febrero de 2016

Argumentos neofeministas IV







5. El patriarcado también afecta a los hombres. 

Si algo hay que admitir es que la propaganda neofeminista ha conseguido invertir el proceso del pensamiento lógico. Si en una sociedad normal, el que emite una teoría es el que está obligado a demostrarla mediante métodos empíricos, en el caso del neofeminismo, sus axiomas se han aceptado de tal forma que somos los escépticos, los racionales, los que tenemos –aunque sea en pizcas- sentido común los que tenemos que demostrar que no son ciertas. Exactamente de la misma forma que consiguieron invertir la carga de la prueba y es el acusado de un delito de violencia contra la mujer el que tiene que demostrar su inocencia, y no al revés, el neofeminismo emite teorías contrarias al sentido común más elemental como si fueran leyes científicas y nos obliga a refutarlas, por más absurdas que éstas sean. 

Cuando su teoría del patriarcado presenta enormes y profundísimos agujeros –como cuando no puede explicarnos por qué el género “dominante” ha sido sistemáticamente obligado a ir a la guerra en todas las épocas y culturas, representando el grueso de las víctimas tanto militares como civiles, o que, a lo largo de la historia, se les haya “reservado” el trabajo más pesado y en condiciones más terribles, siendo el mayor afectado por accidentes laborales o enfermedades derivadas del trabajo- ellos los solucionan argumentando que el patriarcado también nos afecta a nosotros, ya que se nos envía a la guerra o a los trabajos pesados porque se nos considera más fuertes o mejor capacitado para ello. Sí, si Sócrates estuviera vivo habría vuelto a tomar la cicuta, seguro. 

Esto ya es, de por sí, contradictorio con la idea del patriarcado, extraída del femimarxismo, ya que si hombres y mujeres son perjudicados por el sistema patriarcal ya no hablamos de un desequilibrio de poder en el que los hombres subyugan a las mujeres, sino que un reducido grupo de personas, que acumulan el poder político, económico y religioso, gobiernan sobre la gran mayoría, desposeído de tales poderes. 



6. Vivimos en la cultura de la violación. 

Vivimos en la cultura del miedo a la violación, que es distinto. Nada en la sociedad ayuda a fomentar la idea de que la violación es un acto aceptable, y quienes lo hacen no son, precisamente, socialmente aceptados. De hecho, ser violador es un estigma incluso dentro de la propia sociedad criminal –no es un secreto que en las instituciones penitenciarias de todo occidente, el violador es despreciado y, muy a menudo, agredido por el resto de reclusos-. Los violadores han de ser especialmente protegidos en las penitenciarías, apartados del resto de presos, con distintos horarios de patio o comida porque sus presencias entre los demás los pueden poner en peligro. Incluso es conveniente matizar que el verdadero estigma es violar a una mujer, pues las violaciones a varones no tienen la misma consideración negativa –siendo muy común en las cárceles-. 

Aunque es cierto que en otras épocas a las víctimas de violación se les desacreditaba en determinadas circunstancias –como, por ejemplo, si llevaba cierta vestimenta considerada impúdica por la moral de la época o mostraba un comportamiento “inadecuado”-, tales prejuicios reprobables no sólo han desaparecido de los tribunales occidentales sino que se ha instalado en ellos otro terrible extremo; la condena sin pruebas de acusados por violación. En este país tenemos el célebre caso de Rafael Ricardi, o el más reciente de Díaz Gonzabay, todos ellos inocentes condenados por el testimonio de la denunciante. O Joan Cardones, condenado por violar a una mujer pese a ser gay, así como la condena de la Audiencia de Lleida a catorce años de prisión a un hombre que fue identificado por la mirada –pues la víctima fue agredida por un hombre con pasamontañas-. 

La realidad es que en los tribunales no se culpabiliza a la mujer que denuncia una violación, sino que se le da máxima credibilidad aunque su testimonio sea demencial –como el ya mencionado caso de la identificación por “la mirada”-. Y eso es debido al rechazo que dicho crimen provoca en la sociedad –aún más enérgico que otros como el mismísimo asesinato-, y que ejerce una enorme presión en los jueces. 



7. Vosotros no tenéis miedo cuando salís solos por la noche. 

Este punto está estrechamente relacionado con el anterior. Mezclan sensación de peligro con peligro real. Por supuesto que la violación es una realidad en cualquier sociedad, pero las probabilidades de que un desconocido aborde a una mujer no justifica la campaña de terror que lanza el neofeminismo. Estadísticamente es improbable; según numerosos estudios, hasta el 74% de las agresiones sexuales a mujeres vienen por parte de un conocido –generalmente familiar, compañero de trabajo, vecino, etc.- siendo sólo el 26% restante fruto de un abordaje por parte de un desconocido en la esfera pública. 

Incluso revistas feministas como Píkara Magazine reconocen que las probabilidades de que una mujer pueda sufrir cualquier otra agresión –como el asalto- son mucho mayores que ser violada. Por tanto, la sensación de peligro no es sinónimo de peligro real.






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4 comentarios:

  1. Cabe añadir que el hombre es victima del 75% de asesinatos y también la mayoría de robos, por lo que realmente es estadisticamente mucho más probable que le pase algo a un hombre yendo solo que a una mujer. Otra cosa es que las hayan vendido que son ellas las que deben tener miedo. Que aparte a ver quien es el majo que me dice que va solo a las 3 de la mañana, nota a alguien caminando detrás y no se acojona.

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    1. Cierto, de ahí que dije que no es lo mismo sensación de peligro que peligro real. Yo, tal vez, no tema caminar por la noche como Barbijaputa, pero te aseguro que tengo tres veces más probabilidades de que me maten a mí.

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  2. Kukuruyo, ya sabes la respuesta feminista: "¿Y quién comete esos robos y asesinatos? ¡Otros hombres!"

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    1. Las neofeministas siempre hacen acrobacias intelectuales para salir del paso, pero sus argumentos no se sostienen ante un análisis medianamente profundo.

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