viernes, 5 de febrero de 2016

Otro caso al baúl del olvido




La víctima de la ley, Francisco Marrero García. 



Un terrible accidente laboral (de esos que tienen al 95% de los protagonistas masculinos) cambió la vida del tinerfeño Francisco M. G. Después de cuarenta días en coma y once meses recluido en la habitación de un hospital, le quedó una dependencia permanente de una silla de ruedas, además de la pérdida de la visión de un ojo. Con la venta de un solar adquirió una vivienda que adaptó a sus nuevas necesidades. 

Hace poco tuvo que abandonar aquella vivienda adaptada –y de su propiedad- cuando su pareja desde hacía veinte años le interpuso una denuncia por maltrato. La titular del Juzgado de Violencia de Género creyó oportuno poner una orden de alejamiento de la denunciante, acaso temiendo que Francisco, parapléjico, resulte una amenaza a la susodicha. Para rizar el rizo, la ejemplar ciudadana solicitó otra orden de alejamiento de su hijo de diecisiete años, pues éste –testigo presencial de los hechos denunciados por su progenitora- corroboró la versión ofrecida por su padre de que no hubo agresión en la disputa entre ellos, tal como sostiene la denunciante, y que, de hecho, y según las declaraciones del muchacho, fue él el agredido por ésta, y que el único contacto físico entre Francisco y ella fue cuando le sostuvo el brazo con el que le estaba golpeando. 

Al parecer, el testimonio de un testigo presencial, sumado al más mínimo sentido común, no influyó en la decisión de la jueza que expidió la orden de alejamiento. El menor ha tenido que pasar la noche en la casa de su abuela, de ochenta y cinco años, mientras su padre se ve obligado a abandonar la casa de la que es propietario y malvive en una que no está adaptada a sus necesidades especiales.

Otro de esos casos que no figurarán en las oficiales estadísticas de la Fiscalía General. Un terrible “maltratador” parapléjico, y que cuenta con el apoyo de su hijo, expulsados ambos de su vivienda por la beneficiaria de las medidas de alejamiento.






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