jueves, 10 de marzo de 2016

Nunca hablarán de nosotros cuando hayamos muerto


Esclavos tailendeses de pesca


El hombre es desechable, prescindible, sacrificable. Piensen por un momento en los asesinatos que han conmocionado este país en los últimos veinte o veinticinco años. Anabel Segura, las niñas de Alcácer, Rocío Wanninkhof, Sandra Palo, Marta del Castillo, Mariluz, Asunta. Todos los casos tienen un paralelismo evidente, además de haber sido crímenes terribles, sus víctimas fueron mujeres –o niñas-. Casos como el de Yeremi Vargas –cuyo cuerpo aún no se ha encontrado- tuvieron cierto interés mediático durante algún tiempo, antes de desaparecer prematuramente en el foso del olvido. Algunos pensarán que es porque los casos de asesinatos que tienen como víctima a una mujer son más frecuentes, pero representan un tercio en los casos de homicidio, en realidad. Lo cierto es que la muerte de un hombre –o aún la de un niño varón- no causa la misma empatía, el mismo revuelo e indignación que la de una mujer o niña. Y cuando quien mata a un varón es una mujer… nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto. 

En la obra 1984, la implacable dictadura del Partido no sólo ejecutaba al disidente, sino que lo “vaporizaba”. Eliminaba cualquier fotografía en la que apareciera, cualquier documento donde estuviera escrito su nombre, todo rastro que demostrara que alguna vez había existido. El barcelonés apuñalado por su pareja hace apenas unos días no fue sólo asesinado por su mujer, sino vaporizado por el Estado, pues nunca aparecerá en las estadísticas del Observatorio de Violencia Doméstica y de Género, ni apareció en ningún telediario, ni será recordado en ningún acto que condene la violencia doméstica. Nunca ha existido. 

Ana Rosa Quintana decía en un anuncio de esos de pena-marketing que la trata de blancas es la esclavitud del siglo XXI pero, aunque es un crimen execrable, convendría que alguien le explicara que hay muchas otras formas de esclavitud igualmente terribles. Pero estos esclavos son hombres, y el hombre es desechable, prescindible, sacrificable. Muchos desconocen los millares de esclavos de la industria pesquera en el sudeste asiático. Viven hacinados en las bodegas de los desvencijados barcos. Las tripas herrumbrosas de esos pesqueros ocultan a millares de hombres enjaulados, latigueados por sus implacables capataces con colas de rayas –que son tóxicas y deforman terriblemente sus pieles-, obligados a trabajar hasta veinte y veintidós horas. Cuando mueren son lanzados por la borda o enterrados en fosas comunes en cualquiera de los millares de islotes que salpican los mares del sur. ¿Qué hay de los niños soldados del Congo? Un matadero de casi el tamaño de Europa occidental. Un conflicto eterno que ha causado tantas víctimas que tendríamos que retroceder hasta la Segunda Guerra Mundial para encontrar otra guerra que le supere. Niños y muchachos arrancados de sus familias por los Señores de la Guerra, obligados a combatir bajo la amenaza de masacrar a sus seres queridos, forzados a consumir drogas para convertirlos en asesinos. Aun cuando son rescatados por organizaciones internacionales, la mayoría de ellos son autómatas carentes de empatía, completamente irrecuperables. ¿No hay un 12 Meses 12 Causas para ellos? 

Porque cualquier crimen, si tiene como víctima a la mujer, se hace más visible, más condenable. Este artículo no tocará la fibra de la mayoría, insensibilizados hacia el dolor masculino. No tanto como si hablara de trata de blancas, desde luego. ¿Un hombre que se queja? Se preguntarán algunos, enarcando una ceja, pues hasta esa puerta tenemos trabada. No podemos quejarnos –sería victimizarse, llorar-. Tenemos que aceptar con silenciosa resignación que somos hombres, desechables, prescindibles, sacrificables.







El feminismo y la democracia de Pablo iglesias; AQUÍ

6 comentarios:

  1. Son capaces de decirnos que hay que acabar con el estereotipo de que los hombres no lloran, pero en cuanto intentas plantear algún problema masculino, lo primero que te llaman es "quejica". Se les va la fuerza por la boca, el instinto y el interés son más fuertes que sus bienintencionados discursos.

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    1. Por supuesto. Otra incoherencia del feminismo. Nos llaman machistas si no lloramos porque entienden que fomentamos un estereotipo determinado, pero nos critican si decidimos quejarnos.

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    2. las mas "machistas" son las femihembristas

      sin duda

      saludos

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  2. Quizá es cierto que el artículo no tocara la fibra de los insensibilizados al dolor masculino, pero lo que si es cierto,es que cada vez somos más las mujeres sensibilizadas y concienciadas a esta sociedad y leyes sexistas.Desde mi postura,me averguenza que ciertos "especímenes" crean, duden , o se interpongan al "dolor" masculino...Un hombre, antes que hombre, es ser humano.

    - La "virtud" de ser mujer no debe de estar por encima del hombre sino al lado.
    No soy ni más ni menos- (Angie)
    Te felicito por tu entrada,por tu blog, por tu lucha...
    Saludos Tivipata

    Angie Livg

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    1. Mucha razón. Quienes más empatía reclaman para sí menor empatía muestran hacia los demás.

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  3. Absolutamente cierto. Recuerdo cuando niño me contaban historias de la guerra, en q los padres iban a pelear por defender a sus mujeres e hijos, y muchos morían. Yo pensaba "¿por qué mejor no se iban?" Y venía la clásica respuesta: eso es de cobarde.

    Jugábamos con soldaditos en que teníamos un ejército de hombres de plástico verdes, deshechables, solo eran fichas que morían sin que a nadie le importara... Cuando para muchos es una realidad... (Y luego lo sexista es la muñeca barbie!!!)

    Recuerdo tambien una escena de "Salvando al soldado Ryan" en que uno de los oficiales reconoce abiertamente que todos esos hombres enviados a Japón no volverían... Simplemente los enviaron a morir como meras fichas de juego del estado, total son hombres, que son deshechables.

    Duro fue también de niño oir que en caso de naufragio yo me salvaba, mientras no creciera, pero papá no, y luego cuando yo creciera sería igual para mí.

    La etiqueta de "cobarde" se aplica con mucha liviandad.

    Sé que esta columna no se refiere a las guerras, pero es inevitable para mí mencionarlo. Nunca ninguna feminista ha dicho nada contra la reclutación forzada. Suele haber mucha queja respecto al sexismo en las publicidades de los años 40, pero nadie dice el sexismo de obligar a los muchachos jovenes a morir por conflictos que ni les interesaban...

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