viernes, 29 de julio de 2016

La responsabilidad de la mujer




Niño Soldado en el Congo





Capítulo 7: La responsabilidad de la mujer






Como hemos visto en el anterior capítulo, existe una voluntad mediática –dirigida por instituciones públicas- para presentar a los homicidas varones como asesinos siempre lúcidos y a las homicidas mujeres como enfermas mentales incapaces de responder por sus actos –y eso cuando se informa, que no siempre es el caso-. Pero esta tendenciosa política de mostrar la información no sólo se da en la violencia en el ámbito doméstico, sino en la violencia en general. El hombre es presentado siempre como el sujeto activo de la violencia, el emisor. La mujer, por el contrario, siempre representa -para los medios- un papel pasivo, receptor de la violencia. 

Un vergonzoso y sexista artículo de José Ignacio Torreblanca en El País seguía y apuntalaba esta maniquea tendencia de criminalizar al varón y excluir a la mujer de toda violencia. Su título era elocuente; El varón, arma de destrucción masiva. En este artículo lanza una implacable andanada de afirmaciones misándricas tales como podemos prohibir las bombas, pero detrás siempre hay un hombre o los varones son el mayor arma de destrucción masiva que ha visto la historia de la humanidad, y hay unos 3.500 millones de ellos por ahí sueltos. El grado de deshumanización del lamentable texto es inadmisible. Para José Ignacio Torreblanca, el varón ni siquiera merece la consideración de ser humano, sino de arma, y además están “por ahí sueltos”

Para probar que lo que dice es cierto, pone el ejemplo clásico de la guerra. La guerra es históricamente masculina. Casi todos los combatientes son varones –también lo son las víctimas, tanto militares como civiles, de la inmensa mayoría de los conflictos, pero ese detalle consideró obviarlo en su sexista artículo-. También parece obviar que la mayoría de quienes han luchado, muerto y matado, en todas las guerras lo ha hecho sin haber tenido elección alguna sobre su fatal destino. Ya sea mediante levas forzosas o presiones sociales, al hombre se le ha empujado sistemáticamente a la guerra, lo que hace que el dedo acusador de Torreblanca –y de todos los que acuden a este manido argumento- sea aún más reprobable, pues acusan de violentos a quienes han sido obligados a ejercer violencia. 

No creo necesario detenerme en el reclutamiento forzoso de hombres para la guerra, hecho bien conocido por todos. Podríamos mencionar, por poner un ejemplo, que durante el Imperio Romano el servicio militar afectaba a todos los varones de entre 17 y 60 años -lo cual, teniendo en cuenta la esperanza de vida de entonces, era como decir que tu compromiso con el ejército era de por vida-. Podríamos mencionar también los reclutamientos forzosos de hombres y niños varones en Colombia o el Congo, en la actualidad, o el servicio militar obligatorio que sigue vigente en más de treinta países, incluyendo naciones prósperas del Primer Mundo como Alemania, Dinamarca o Corea del Sur –donde existen severas penas de cárcel para los desertores-. Aunque hay otras formas más sutiles de asegurar que el hombre vaya a la guerra, y que involucra directamente a la mujer. 

Señalar la responsabilidad de la mujer en la guerra no debería ser considerado machista. De hecho, lo verdaderamente machista sería seguir negando la influencia femenina en la guerra, y continuar presentándola como un sujeto pasivo “a la que le pasan cosas” sin tener ellas ninguna responsabilidad. De hecho, el papel de la mujer como instigadora es un hecho ampliamente estudiado por el profesor Goldstein en su libro War and gender. En él recoge algunas de las estrategias sociales usadas por mujeres de todo el mundo, de todas las culturas y de todas las épocas, para azuzar a los hombres a la guerra. 

En la tribu amerindia de los apaches, las mujeres recibían a los guerreros triunfantes con canciones y agasajos, pero cuando éstos guerreros venían con la cabeza gacha después de una derrota, sufrían los insultos y la mofa de sus mujeres, y éstas se alejaban de ellos fingiendo indiferencia. Al otro lado del océano, en Sudáfrica, las mujeres zulúes de quienes se negaban a ir a la guerra se desnudaban en público como acto de humillación a sus esposos. En Kenia, las mujeres kikuyu gritaban a quienes no habían participado en la Rebelión Mau Mau diciendo “¡tomen mis vestidos y denme sus pantalones!”. Antes de que podamos pensar que este tipo de actitudes son propias de culturas primitivas y no se dan en países occidentales veremos que también se dan en lugares como Chile, Estados Unidos o nuestro propio país. 

En España, durante la Guerra Civil –o quizás en su preludio- hubo movilizaciones femeninas que eran verdaderas medidas de presión para forzar la participación de los hombres en la guerra que comenzaba. Mujeres que portaban grandes carteles que rezaban “preferimos ser viudas de héroes que esposa de cobardes”. Por supuesto, no ir a la guerra suponía ganarte la consideración de cobarde por las mujeres de tu entorno, pero quienes azuzaban a sus hombres, claro está, no iban al frente a matar y morir. La inclinación a pensar que esa instigación de los hombres a luchar por ellas se deba a que no se les permitía a las mismas mujeres ir al frente puede ser muy tentadora, pero se desmorona cuando conocemos las manifestaciones en las que pedían ¡los hombres al frente, las mujeres en las fábricas! No parecía que la idea de ir a la guerra fuese muy seductora para la mujer, precisamente, así que podemos dudar que consideraran su exclusión de ella como un trato discriminatorio. No debemos culparlas, no obstante, pues ir a la guerra tampoco era el sueño de la inmensa mayoría de hombres que eran forzados a empuñar las armas. 









En el golpe militar de Chile de 1973, las mujeres arrojaban maíz sobre los hombres que no querían ir al frente, llamándolos gallinas. En Estados Unidos hubo un caso particularmente oportuno para ser mencionado, pues no involucra a la mujer en general sino a colectivos feministas en particular. Cuando en 2010 se abrió el debate en Estados Unidos sobre la conveniencia de replegar las tropas que ocupaban Afganistán, la revista Time publicó una impactante foto en portada de una joven afgana a la que los talibanes le habían cercenado la nariz. La revista lanzaba la pregunta what happens if we leave Afghanistan? (¿qué ocurre si dejamos Afganistán?). Es decir, trataban de convencernos de que si los soldados estadounidenses (inmensa mayoría varones) abandonaban el país oriental, las mujeres volverían a ser brutalmente atacadas como la chica de la portada. 






La organización feminista estadounidense Feminist Majority Foundation coincidió con la idea del artículo del Times. Hay que salvar a las mujeres afganas… sacrificando para ello a hombres. El 97,6% de los soldados estadounidenses muertos en las guerras en Oriente Medio fueron varones, por lo que podemos decir que diversas asociaciones feministas apoyaron el envío de centenares de hombres a la muerte para proteger a la mujer, al tiempo que los llaman violentos por hacer la guerra y sostienen que las oprimen… Todo correcto, claro. 

Resulta además muy curioso que, artículos como el ya mencionado de El País, en el que criminaliza al varón no sufra la censura del sexo presuntamente dominante. Torreblanca, y muchos otros, no sufren ninguna consecuencia adversa por publicar cosas como las arriba expuestas. No son expulsados de las universidades donde trabajan, ni enviados a prisión, ni tienen que salir a la calle con escolta por temor a ser agredidos. Para oprimir durante milenios, parece que seguimos muy verdes en el oficio.



  • Artículo de El País del 25 de enero, 2014. El varón, arma de destrucción masiva.
  • War and gender, de Goldstein.
  • Artículo del Times del 9 de agosto, 2010. Afgan women and the return of the Taliban.
  • Artículo de Sonali Kolhatkar y Mariam Rawi del 7 de julio, 2009. Why is a leading feminist organization lending its name to support escalation in Afghanistan?
  • Datos de ProCon.Org sobre bajas estadounidenses en la guerra. 





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4 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. Las feministas no ven hombres y mujeres, ven a "el hombre" y "la mujer" como un par de entidades colectivas pero independientes; de esta manera todos los hombres pasamos a ser parte de una especie de mente colmena, y por muy nobles que sean tus actos en defensa de la mujer, estos se verán empañados por los actos de todos tus congéneres puesto que sois parte de lo mismo.

    Para ellas, el presenciar que un hombre se juega la vida en defensa de una mujer es el equivalente a presenciar a "el hombre" debatiéndose en un dilema moral entre agredirla o no hacerlo, son totalmente incapaces de ver a un hombre que la quiere hacer daño y otro que quiere defenderla, es el colectivismo llevado a su máxima expresión.

    De este modo cualquier mal que realice un hombre es responsabilidad de todos los hombres, y si un par de hombres inician una guerra es responsabilidad de todos los hombres luchar en ella y que no sufra ni una mujer.

    Ah, y si es una mujer la que ha iniciado la guerra es que ha sido infectada por la mordedura de un hombre y piensa como tal.

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    1. Exacto. Es la lógica del colectivismo. Pero como decía Luwin Von Mises, el pensamiento genuino es un acto tan individual como el comer o el beber.

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  3. "Y hay familias en que padres, hijos y criados, todos corren al Ejército, con armas o sin ellas; y si alguno se muestra remiso, las mujeres lo empujan, ¡hasta negándoles la comida, que no se da en aquella casa --dicen-- a los cobardes!

    Sacar[on] los ojos y acribillar[on] a tiros a un requeté de Jerez, porque a las incitaciones a gritar "¡Abajo la Religión!", contestaba "¡Viva Cristo Rey!" En el entierro, tomada ya la ciudad por las tropas liberadoras, la madre del requeté, émula de las de los Macabeos, decía a sus otros hijos: "Aprended de vuestro hermano a dar la vida por Cristo y por España".

    "Qué pasa en España", 1937

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